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veronica pedemonte, españa

                                      Treinta años no es nada

 

Hola, soy Venecia, Venecia Gradiva, gracias a Dios, y parece que he tardado mucho en volver, casi treinta años, de Montevideo, claro, pero no era fácil, tenía tantos asuntos pendientes, y rezumaba humedad, estaba llena de puestas de sol húmedas, y de payadores y actrices dramáticas que lloraban todo el tiempo, y ahora con motivo, por la pérdida de su ciudad, por la pérdida de sus amantes, por los cafetines irrespirables, llenos de militares, donde no se podía gritar libertad y tenía tanto mar en el cuerpo, que casi me hundía, menos mal que el Gradiva de mi segundo nombre siempre me salva de la catástrofe, la que esplende al avanzar, no me desearon lo peor al fin y al cabo. Los padres, además de cadenas, siempre te dan algo bueno, o casi siempre. Las cadenas son para que no te des demasiada prisa en avanzar, y resuelvas sus deudas atrasadas y también sus deudas póstumas, pero hay que darse prisa para que no llegue la vejez y nos encuentre como un esclavo.

            Me siento joven, más que nunca, no sé cuántas toneladas he dejado en el muelle. la corbata de Rosenthal está chorreando, el pañuelo de seda de Lisa la Mar flota en la orilla. Padre, ¿por qué me dejaste todos estos amigos agarrados al cuello? .Había noches que no me dejaban respirar, ni dormir, no me dejaban reír, ni siquiera disfrutar mi juventud. Había noches largas y tormentosas que se asían a mi cama y la bamboleaban como si fuera un barco, y me pedían que los besara, que los amara, que estaban solos porque eligieron libertad o muerte y allí no habita nadie, nadie. Y yo me despertaba abrazada a fantasmas, en una tierra de nadie, que venía siempre pegada a mi espalda y me hacía imposible estar aquí. Hoy por fin, padre, les di un entierro digno, les dije adiós,  me comprometí a  no amarlos todas las noches nunca más. Cuesta trabajo.

             Cuesta trabajo, porque estaban tan vivos, eran , tan jóvenes, llevaban tanto mar y tanta Europa en el cuerpo, más que nosotros los que estamos. Luchaban tanto por la libertad, que era imposible no agarrar su bandera con fuerza. Pero tú y yo sabemos que es hora de que descansen. Alguien, una niña rubia de pocos años los acompañó al otro lado, rezó por ellos, los envolvió en la bandera, la de las barras azules y blancas y el sol arriba, y puso alas en el mástil.

            Una niña rubia de pocos años volvió de los espectros y no había nadie al otro lado, no más que un tiempo paralelo de una España desierta. Volví al colegio de mi abuela pero nadie recitaba poemas, ni tampoco leía el Quijote. Ahora era la casa de una alumna, que le cosía la ropa a sus hijos con la música de fondo de la tabla de multiplicar, con el recuerdo de tu voz abuela, de tu voz firme y clara ante la España dura. Aquella que mató a los tuyos y a los otros, y  dejó una cicatriz de Norte a Sur.

 Una cicatriz tan árida que a veces, cuando camino por ella me duelen los pies, tan desnudos como los tengo, toda vez que con la cola de sirena hice un epitafio para los muertos, que era otra deuda que tenía, después de la revolución de Quintanar de la Sierra, en donde cada noche entraban en combate mis tíos abuelos falangistas cantando contra los comunistas que los mataron. Aquel conde poeta, tío de mamá, que escribía sonetos como Gabriel D´Anunzio. De verdad que no sé como podía continuar así, padre, fijate que había noches que se mezclaban los tiempos paralelos y me encontraba cantando La Internacional con Rosenthal, cuando de repente venían mis tíos abuelos cantando con la camisa nueva que bordó la tía Rosario, cara al sol de medianoche, y si te dicen que caí.

           

 

 

Eso sí nunca llegaron a insultarse unos y otros porque sabían que yo los amaba por igual,  y además una vez en el otro lado no sabes lo que cambian las cosas, a veces, se intercambiaban las músicas y todo, las letras no, porque eso era demasiado, ya  sabes eso  del “espíritu” de la letra, ¿o era de la ley? En el más allá mucho más, naturalmente.

 Pero qué quieres que te diga, el enorme cariño que les tenía me hacía las cosas más fáciles y a ellos también, además vendrían todos a tener unos treinta años y cuando no tenía que hacerme chiquita para rezar un responso con la inocencia de los niños, me pasaba con ellos unas noches de órdago cantando milongas por las tabernas.

            Pero se acabó padre, ahora hay un amor que me impulsa a la vida y tengo que dejar las cuentas selladas. Le voy a preguntar si quiere que me siga llamando Venecia o prefiere decirme Gradiva. Qué descanso.

 

 

 

 

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                                                   Ladra

En dónde estás Blanquita, en donde estás pájaro que cantas a media mañana, en dónde perra Pacha. En dónde están mis árboles con las raíces en mi tierra, bebiendo agua, tiempo, mineral y gleba. A vosotros no os pudieron arrancar.

       Dónde están tus plumas blancas, préstamo de algún ángel para cubrir tu instinto, tu puro instinto inocente, de cazar o morir y reproducirte, ciegamente. Las plumas son lo único que un editor no come. Son indigestas, se atragantan, hace falta ser Ícaro para querer las plumas. O indio, o señora francesa, o rara avis, tan rara que carece y las desea. Tu puro instinto de heredera de saurio. Más puro que el de Pacha. Allí donde el cerebro se interpone, el hambre hace lamer la mano que alimenta. Pobre Pacha, triste trasunto de humano sin espejos. Sin poder ya ser perro, ni lobo. Bebiendo la neurosis de tu dueño, viviendo de la alegría ajena, instinto esclavizado al gusto de unos cuantos. Esperando que un hada madrina te convirtiera en chica, para venir conmigo a los carnavales de Montevideo y no quedarte en el Fondo ladrando, porque me voy  y tú no vienes y no puedes asustarte conmigo de los gigantes y cabezudos ni sentir los tambores en el vientre  con la aterradora fuerza de África, mientras bailan los negros candomberos. No, a ti te reservan el lugar oscuro de protectora de la casa, tan vieja ya como estás que ni se sabe la edad que tienes. El lugar del ama seca que no tiene hijos y guarda en su mirada la melancolía, y el recuerdo sombrío y nebuloso de ser nieta de algún setter de Irlanda. Por eso te me pones triste los días grises y nublados cuando el cielo se vuelve añil  y puro por la lluvia,  y sale el arcoiris y yo juego en un charquito tirando pétalos de hortensias de mi abuela. Te me pones triste y ladras no se sabe a qué

montaña lejana nunca vista.

       Cuánto envidiábamos a Blanquita, poder jugar con una oruga navideña, verde y roja, con el pico, estirarla como si fuese un chicle sin que te dé urticaria…

       Tener sólo dos patas como troncos de árbol, escarbar en la tierra en busca de lombrices, aburrirse, subir en vuelos cortos al granero y tú quedarte abajo.

       La echábamos de menos, perra Pacha, era tan fea, tan blanca y tan graciosa, hasta que ese editor se la comió, el muy …

       Me acuerdo que la husmeabas por ahí, cabizbaja, con tu hocico húmedo. Luego te expliqué que no vendría y te enseñé el libro del huemul* a falta de chaqueta de editor o cualquier otra cosa que identificar por si volviera.

      

Díme, ¿ha notado tu hocico el corazón con el poema que yo enterré en el jardín la tarde antes de irme? Por favor, hurga de nuevo y sácalo. Muérdelo, hazlo cachitos y échalo al aire que no quiero dejar nada enterrado. Y cuando el viento lo transporte hacia el techo de casa, hacia la casa de Perdoni o la azotea de Morales, hasta Olguita, la pobre que dormía en la vieja Central Telefónica, hacia el Liceo al que soñaba ir, ladra y ladra de nuevo hasta que estés muy ronca y te quejes y llores, pero no guardes eso dentro porque duelen las tripas, el corazón y el alma, de los canes de este u otro mundo. Y no hay perro o gallina, niña o poeta, que sea feliz guardando tanto dolor oculto, tanta despedida, tanto cariño entre la herida, tantas palabras pudriéndose en la hierba. Ladra Pacha,  ladra por mí, ladra por ellos, hasta que te oigan los dictadores* por la noche y los despiertes de los sueños terribles donde siguen matando, con tu aullido de perra, segura e indomable.

 

 

*Símbolo de la editorial argentina Huemul.

*Los dictadores siempre con minúscula, en medio, al principio, antes, durante, o al final de frase.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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                                          My baby just care for me*

 

 

 Jardines de Murillo 1993

 

 

Paseo tranquila por los jardines.¡Cómo huele Sevilla esta primavera! Bate el record de azahares por milímetro cuadrado. Lo siento por los alérgicos.

Por aquí cerca viven buenos amigos. Todos tenemos hijos, hasta los renuentes.

Qué extraña está la tarde. Parezco vulnerable, porque me ven vulnerable. La brisa mueve los árboles y de repente cae la niebla. Los árboles no se agitan. Todo está quieto. Los pájaros no cantan. El segundero del reloj se mueve de forma extraña. ¿Otra vez Einstein?

Papá aparece entre las brumas, una mezcla de Groucho Marx y el padre de Hamlet:

-         Ché vos,  qué haces aquí mi hija.

-         Buena pregunta- dije mientras la saliva se me congelaba en la garganta-. Debe ser que te esperaba.

-         Vengo a darte un recado- dijo entre la bruma.

-         Pues ya que estás aquí me vas a escuchar un poquito.

-         Decíme, mi hijita.

-         Dicen que me educaste como a un hombre.

-         No, yo sólo te eduqué como a una persona.

-         Para que me estrellara como una mujer.

-         Mi hijita, no me puedo entretener con estupideces. Vine a decirte cosas muy importantes y tengo el tiempo limitado.

-         ¿También en el más allá? Si los hombres no se ocupan de sus hijas, otros hombres dan buena cuenta de ellas.

-         ¿Cómo no me ocupé? Y todo lo que hablamos de la Teoría de la Relatividad, de los filósofos alemanes al mediodía. Del funcionamiento de los aparatos por dentro, eso no es sexista. De las oligarquías. De los poetas uruguayos.

Hubiera querido abrazarlo. Pero era un espíritu puro, no cabía duda.

         -  Sí papá, tenés razón- y hablé como Dios no manda-.

-         Ves, mi hija. Pero lo que tengo que decirte es...

 

Lo vi alejarse entre la bruma. Un coro de fantasmas repitió:

 

-  Ni Montevideo, ni Buenos Aires, ni Santiago, descansarán en paz mientras la memoria de sus muertos no sea restaurada.

 

 

Seguí caminando sola entre la bruma y llegué hasta el barrio de Santa Cruz. Otra vez sonaba una canción de José Feliciano*. Qué cruz, pensé.

Enfrente de mí, en la judería, Einstein ponía una segunda corona de cuantas. Los  fotolitos dieron varias vueltas para después posarse sobre un balcón florido.

 

¿Qué puedo hacer me dije? Volveré a escribir.

 

* Versión de Nina Simone.

 

Tres fragmentos de Viaje circular  BECA A LA CREACIÓN LITERARIA JUNTA EXTREMADURA 1999

 

  

VERÓNICA PEDEMONTE

Por lobitogabriel - 24 de Marzo, 2006, 7:21, Categoría: lecturas
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